Cómo se preparó el comando que impactó sobre objetivos clave de los Estados Unidos. El ataque dejó 2996 muertos y cambió el mundo para siempre.
Por Alberto Amato
Fue el día en el que el mundo cambió para siempre. Diecinueve terroristas islámicos, un pequeño pelotón suicida, divididos en tres equipos de cinco y un cuarto equipo de cuatro, todos árabes, todos miembros de Al Qaeda, la organización liderada entonces por Osama Bin Laden, todos decididos a matar, todos decididos a morir, ingresaron como simples pasajeros en tres aeropuertos diferentes de Estados Unidos: Logan, en Boston, Dulles, en Washington y Newark, en New Jersey. Era la mañana del 11 de septiembre de 2001. Luego, cada equipo abordó cuatro aviones de línea que debían volar a la costa oeste del país: tres a Los Ángeles y uno a San Francisco. Los aviones iban cargados de combustible para ese viaje de unas cinco horas.
A poco de despegar cada uno de los aviones, los terroristas tomaron por asalto a la tripulación y al pasaje, asesinaron a los pilotos y estrellaron luego las aeronaves contra sus objetivos: las dos torres gemelas del World Trade Center de New York, el edificio del Pentágono en Washington, sede del ministerio de Defensa y el último de los vuelos, con destino ignorado pero sospechado, la Casa Blanca o el edificio de Naciones Unidas en Manhattan, terminó por estrellarse en Shaksville, Pensilvania, después de que sus pasajeros intentaran recuperar el mando del Boeing 757-200.
Desde los ataques al World Trade Center hasta el avión que no logró su objetivo, la cronología de una jornada marcada por el horror
El plan de Al Qaeda fue ejecutado con precisa exactitud, con la excepción de la rebelión del pasaje en uno de los vuelos secuestrados. En cada uno de los cuatro equipos de terroristas, uno de ellos era capaz de volar un avión: habían hecho cursos de vuelo en Estados Unidos y los habían aprobado. Los demás, llamados “los musculosos”, estaban entrenados para atacar y dominar a la tripulación y al pasaje, para asesinar a los pilotos de la aeronave y permitir que otro terrorista tomara el mando del avión, cambiara el rumbo, la altitud y su destino. Ninguno de los “pilotos” tenía demasiada práctica en aterrizar. No les interesaba aterrizar.
Uno por uno, los vuelos secuestrados y estrellados por el pelotón suicida de Al Qaeda
Encabezaba el pequeño pelotón suicida Mohamed el-Amir Awad el Sayed Atta, que pasó a la historia del terror como Atta. Tenía treinta y tres años y era el mayor de los otros dieciocho terroristas con edades entre los veintiuno y veintiocho años. Los vuelos secuestrados y estrellados aquella mañana en la que el mundo cambió para siempre, eran:
American Airlines 11; salió de Boston con destino a Los Ángeles. Atta fue el piloto terrorista. Estrelló el Boeing a las 8:45:27 contra la Torre Norte del World Trade Center. Murieron los ochenta y siete pasajeros y tripulantes y los cinco terroristas. Entre los pasajeros estaba Berinthia “Berry” Berenson, actriz, fotógrafa y modelo, hermana de la actriz Marisa Berenson, viuda del actor Anthony Perkins.
United Airlines 175; también salió de Boston y también con rumbo a Los Ángeles. El piloto terrorista era Marwan al-Shehhi que estrelló el Boeing contra la Torre Sur del World Trade Center a las 9:03:42, dieciocho minutos después de que Atta estrellara el suyo. La de ese avión es la única imagen de los ataques que fue transmitida en directo por las cámaras de televisión. Murieron sesenta pasajeros y tripulantes y los cinco terroristas.
American Airlines 77; era un Boeing B757 que despegó del aeropuerto Dulles de Washington con destino a Los Ángeles. El terrorista piloto Hani Hanjour, lo estrelló contra el Pentágono a las 9:37:44. Murieron sesenta y cuatro personas y los cinco terroristas. Otras ciento veinticinco personas murieron en el edificio de la secretaría de Defensa de Estados Unidos.
United Airlines 93; despegó del aeropuerto de Newark, en New Jersey, con destino final en San Francisco. Su piloto, Ziad Jarrah y sus tres cómplices no pudieron manejar la revuelta de los pasajeros, que estalló cuando tuvieron la certeza de que iban a morir todos. El avión cayó en Shaksville, Pensilvania y murieron cuarenta y cuatro pasajeros y tripulantes y los cuatro terroristas. Los muertos en las Torres Gemelas, que se derrumbaron entre las diez y las diez y media de la mañana, están fijados en 2996 personas, más veinticuatro desaparecidos.
Cómo los 19 terroristas fueron reclutados por la organización de Bin Laden, Al Qaeda
¿Quiénes eran esos terroristas, decididos a inmolarse, tal vez con la certeza de que subirían de inmediato al paraíso de su credo religioso y a la vera de su dios misericordioso? ¿Cómo pudieron hacer lo que hicieron, más allá de las estrictas medidas de seguridad que regían los vuelos y en las que Al Qaeda encontró un punto de laxitud? ¿Quién hizo cada cosa? El cuarto de siglo que pasó, echó un poco de luz, no toda, sobre sus personalidades, ya no sobre sus intenciones que estuvieron siempre claras.
Atta fue el artífice del ataque y del desastre. Era un ingeniero egipcio que había nacido en 1968 y había estudiado arquitectura en la Universidad de El Cario. En 1990 estudió en Hamburgo, en el Instituto de Tecnología, y se relacionó con la mezquita al-Quds, (el nombre árabe para la ciudad de Jerusalén) conocida por predicar una forma extremista del islam sunita.
Atta conoció en esa mezquita a Marwan al-Shehhi, que sería el piloto del avión que estrelló en la Torre Sur; a Ziad Jarrah, el piloto del avión que cayó en Pensilvania y a Ramzi bin al Shibb, un yemení acusado de ser uno de los principales organizadores del ataque del 11 de septiembre. En su momento, al-Shibb intentó obtener el visado para entrar en Estados Unidos. Se lo negaron y actuó entonces como enlace y coordinador financiero entre los terroristas y los altos mandos de Al-Qaeda. Todos conformarían la “Célula Hamburgo” de la organización dirigida por Bin Laden.
Atta conoció a Bin Laden en Afganistán, entre los días finales de 1999 y los inicios de 2000. Fue Bin Laden quien reclutó al grupo de Hamburgo junto con Khalid Sheikh Mohammed, un pakistaní considerado también el cerebro de los ataques y que hoy está prisionero de Estados Unidos en la base de Guantánamo, Cuba, a la espera de juicio. La célula de Hamburgo, incentivada por Khalid Mohammed, le cayó muy bien a Bin Laden: a mediados de 1998 había lanzado una “fatwa” contra Estados Unidos, un mandato religioso con fuerza legal, que aplica la ley islámica y Hamburgo ya había planeado en 1996 secuestrar diez aviones de línea para atacar objetivos clave de Estados Unidos. Bin Laden había rechazado la idea porque la juzgó impracticable. Pero ahora, en 2000 creyó posible un ataque similar, en menor escala: tenía en sus manos al hombre ideal: Atta. Para Atta, Bin Laden era también el hombre de su destino. La célula regresó a Hamburgo después de conocer a Bin Laden: esperaba instrucciones.
Ya en marzo de 2000, un año y cinco meses antes de los ataques de septiembre de 2001, Atta había enviado una serie de e-mails a más de treinta y un escuelas de vuelo de Estados Unidos para conocer el costo de los cursos, la eventual financiación, las posibilidades de alojamiento y la intensidad de las prácticas. Todo sería pagado por Al-Qaeda a través de transferencias encubiertas, y gracias a la habilidad financiera del yemení Ramzi bin al Shibb. Atta ejerció también el arte del disimulo: para no llamar la atención, para no ser identificado como un musulmán radicalizado, se afeitó la barba, cambió su indumentaria, empezó a vestir ropas más cercanas a la moda occidental y evitó ser uno de los fieles de las mezquitas calificadas como “extremistas” por las autoridades alemanas.
El resto del pequeño ejército reunido por Atta, se unió a la célula Hamburgo en 2000. Todos habían prometido dar sus vidas por Bin Laden, casi todos habían nacido en Arabia Saudita y muchos, pese a su juventud, habían combatido en Chechenia, o al menos lo habían intentado, como parte de la milicia musulmana y contra Rusia. La tropa de Atta empezó a llegar a Estados Unidos, con visas de Arabia Saudita, en los primeros meses de 2001. En el verano boreal de ese año, Atta, Jarrah y Shehhi cruzaron Estados Unidos en vuelos regulares de Oeste a Este y viceversa, para estudiar el movimiento de las tripulaciones y sus rutinas de vuelo, y definir si podrían abordar alguno de esos aviones con algún tipo de arma.
Con sus voluntarios suicidas en pleno entrenamiento, Atta viajó a España para informar de sus planes a Al-Qaeda. Mientras tanto, el libanés Ziad Jarrah y el saudí Hani Hanjour, que serían los pilotos de United 93 que cayó en Pensilvania y del American 77 que se estrelló en el Pentágono, estudiaban posibles rutas de vuelo entre New York y Washington: incluso alquilaron aviones pequeños para practicar vuelos a baja altura
Bin Laden estaba ansioso e inquieto. Y frustrado. Presionó a Khalid Mohammed para que diera luz verde al ataque. Primero lo fijó para mayo de 2001, para que fuese un recuerdo y una “celebración” del atentado contra el destructor americano USS Cole, cometido siete meses antes, el 12 de octubre de 2000, que mató a diecisiete marineros y dejó treinta y nueve heridos. Después fijó una nueva fecha para junio o julio, cuando el entonces primer ministro de Israel, Ariel Sharon, visitara la Casa Blanca y al entonces flamante presidente George W. Bush, que había asumido en enero. Atta se mantuvo inconmovible: no iba a dar un solo paso adelante hasta que él y su grupo no se sintiera preparado.
La elección de la fecha: por qué el líder de los terroristas eligió el segundo martes de septiembre, el 11S
Recién a fines de agosto Atta dijo a Al-Qaeda cuándo sería el ataque: el segundo martes de septiembre. Por qué tomó esa decisión, es todavía un misterio. Los investigadores sugirieron tres hipótesis. La primera, la más probable, dice que los terroristas habían comprobado que los martes volaba menos gente que en el resto de la semana; de hecho, en cada uno de los cuatro aviones secuestrados viajaban menos de cien personas. Con poca gente a bordo, les sería más sencillo dominar al pasaje y a la tripulación.
La segunda hipótesis arriesga que Atta vio en la fecha, 9/11, un remedo del tradicional número de emergencias policiales en Estados Unidos. La tercera dice que eligió ese día a modo de revancha histórica: el 9 de septiembre de 1683 empezó la llamada Batalla de Viena que terminó con la humillante derrota del Imperio Otomano a mano de las fuerzas cristianas, y marcó de algún modo el inicio de la decadencia del Islam en Europa.
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No todos pensaban en símbolos. A medida que se acercaba la fecha del ataque, otros miembros del pequeño ejército de Atta se dedicaban a asuntos un poco más terrenales, conscientes de que iban a matar, a morir y a acceder al ansiado y acaso incómodo paraíso. Por ejemplo, Abdul Azis al-Omari y Satam al-Suqami, dos de los “musculosos” que abordarían junto a Atta el vuelo de American Irlines 11, pagaron unos cientos de dólares, todos aportados por Al-Qaeda, por los servicios de dos prostitutas contratadas a un servicio de “escort” con un nombre de inocente malicia, pero en todo caso alejado de cualquier paraíso: “Sweet Tempations – Dulces tentaciones”. Uno de ellos volvió a pedir los servicios de las damas dos veces en un día. En New Jersey, otro de los “musculosos” que asesinaría a los pilotos del vuelo 93 de United Airlines, también pagó unos cuantos dólares por un servicio clasificado con un eufemismo sugerente, “danza privada”, en el salón vip de un “bar a go-go”.
El terrorista piloto del United 93, Ziad Jarrah, fue recordado luego por sus compañeros de la escuela de aviación en la que cursó seis meses, entre junio de 2000 y abril de 2001, porque era un gran bebedor de cerveza, una conducta impensable en un obediente de las estrictas normas del Islam. El propio Atta, junto a Marwan al-Shehhi, de Emiratos Árabes, que sería el piloto destinado a estrellar el avión de United 175 contra la Torre Sur del World Trade Center, se habían pescado tremendas borracheras en el “Shuckum’s Oyster Pub and Seafood Grill”, un bar temático deportivo en Hollywood, Florida, durante los días de sus cursos de vuelo. El gerente del bar, Tony Amos, fijó sus gustos: Atta bebía vodka con jugo de naranjas y Shehhi, ron con Coca Cola.
Una vez saciadas sus ansias terrenales, quién sabe si todas, los terroristas se prepararon para su momento supremo en Boston, Washington y en New Jersey. En la mañana del 10 de septiembre, Atta dejó el hotel donde se hospedaba, el Milner de Boston. Llevaba un equipaje normal y uno de mano, marca Travelpro, esos bolsos semirrígidos, con ruedas y una manija que los hace fácilmente transportables y que caben en los portamantas de los aviones.
Si alguien hubiese dado un vistazo a ese equipaje, hubiera pensado que su dueño era un musulmán devoto que había aprobado sus cursos de vuelo. Junto al Corán y a un libro de oraciones, el bolso de Atta contenía unas lecciones en vídeo sobre cómo volar dos tipos diferentes de aviones Boeing y un manual de indicaciones para simuladores de vuelo. También cargaba en ese bolso que llevaría a bordo, una especie de navaja plegable y un pequeño aerosol con gas pimienta marca “First Defense”. Por entonces, las normas de seguridad permitían llevar a bordo navajas con hojas de acero que no excedieran las cuatro pulgadas, unos diez centímetros. Ya nada volvería a ser igual.
En un bolsillo interno del equipaje de mano, Atta escondía una carta de cuatro páginas escritas a mano, en árabe, dividida en tres secciones, que exhibía las aspiraciones físicas y espirituales de su dueño: exhortaba al martirio y a los asesinatos en masa, daba precisas instrucciones que abarcaban desde las tácticas de batalla hasta el arreglo personal, y aseguraba a los mártires la vida eterna en compañía de “ninfas”. Después de las invocaciones formales “en nombre de Alá, el compasivo, el misericordioso”, la primera de las tres secciones, titulada “La última noche”, aconsejaba:
“Abrace la voluntad de morir y de renovar su lealtad”.
“Aféitese el vello corporal extra y use colonia”.
“Rece”.
“Familiarícese bien con el plan en todos los aspectos y anticipe las reacciones y la resistencia del enemigo”.
“Lea Al-Tawabh (Arrepentimiento en el Corán), y reflexione sobre su significado y sobre lo que Alá ha preparado para los creyentes y los mártires en el Paraíso.”
“Examine su arma antes de partir y, como le fue dicho, cada uno de ustedes debe afilar su hoja, salir y llevar a cabo su sacrificio”.
Copias de esa misma carta estaban ya en manos de al menos otros dos terroristas: uno integraba el equipo que subiría en New Jersey al United Airlines 93, que se estrellaría en Pensilvania; el otro afilaba sus armas en las afueras de Washington antes de abordar el Boeing B757 que se estrellaría en el Pentágono.
Después de dejar el hotel de Boston, Atta cargó su equipaje en un Nissan Altima de color azul, alquilado, para ir a buscar al hombre que si bien no había escrito las cartas instructivas, las había copiado: eral Abdul Azis al-Omari, de veintidós años, el mismo que en esos días, había pedido un delivery de prostitución al “Sweet Tempations”. A las cinco y cuarenta y tres de la tarde llegaron al Comfort Inn, de South Portland, Maine; los vieron cargar combustible en una estación de la Exxon, quedaron registrados cuando retiraron efectivo de dos cajeros automáticos de ATM, hicieron unas compras en una tienda Walmart y, según el FBI, comieron en un local de Pizza Hut. Pasaron la noche en la habitación 232 del Comfort.
Al día siguiente, 11 de septiembre, Atta y Omari llegaron al Jetport International Airport de Portland, donde estacionaron el Nissan alquilado. Eran las cinco cuarenta de la mañana. A las seis, abordaron el vuelo BE-1900 de una pequeña empresa, Colgan Air; era también un avión pequeño que cubriría el breve trayecto hasta el Aeropuerto Internacional de Logan, en Boston. Tampoco se sabe por qué los dos terroristas eligieron ese vuelo corto, de conexión, para abordar luego el American Airlines 11. Los investigadores arriesgan, es una hipótesis, que no quisieron llamar la atención: esa mañana habría demasiados pasajeros de Medio Oriente en el aeropuerto. Serían diez: Atta, Omari, los otros tres terroristas del equipo, y los cinco que subirían al United 175, los dos aviones se estrellarían contra las Torres Gemelas. Es posible también que Atta y Omari hayan pensado que en el pequeño aeropuerto de Portland la seguridad sería más laxa.
Allí, Atta hizo el check-in suyo y el de Omari; llevó consigo a bordo dos bolsos: su Travelpro negro y un segundo, de Omari, con ruedas, color verde, que contenía su libreta de cheques, su pasaporte de Arabia Saudita, un diccionario árabe-inglés, tres libros de gramática inglesa, un pañuelo, un billete de veinte dólares, un frasco de champú anticaspa marca Brylcreem y otro de perfume. Todavía se podían cargar esas cosas en el equipaje de mano.
Cuando recibió su tarjeta de embarque, Atta pidió al agente del aeropuerto de Portland que le diera su tarjeta para abordar el vuelo de American Airlines 11 con el que pensaba volar a Los Ángeles, pero el empleado le dijo que eso no era posible, que en Boston debía hacer otro chequeo. Luego de los atentados, ese empleado reveló que Atta se había puesto furioso, se le había transformado la cara y se quejó: a él le habían dicho que sólo debía hacer un check-in. El empleado recurrió a la psicología para poner fin al incidente: le dijo, muy calmado, que se apurara si no quería perder su vuelo a Boston.
Los dos terroristas pasaron sin problemas por el detector de metales del aeropuerto de Portland, calibrado para sonar ante una cantidad de metal equivalente a un arma de fuego o a un cuchillo grande. También pasaron el control de rayos X de sus equipajes de mano. A Atta le duraba todavía la rabieta; lucía un rostro severo, vestía una camisa azul oscuro y pantalones también oscuros: podía pasar por el uniforme de un piloto. Omari, en cambio, vestía una camisa en la gama del crema y pantalones caqui.
El equipaje de bodega de Atta fue retenido para una revisión extra de seguridad en busca de explosivos. Se trataba de un programa conocido como CAPPS, Computer Assisted Passenger Prescreenings System, que usaba un algoritmo para determinar por azar cuáles equipajes se debían revisar y evitar así las quejas basadas en actos de discriminación por raza, etnia, nacionalidad u origen del pasajero. El aeropuerto de Portland ni siquiera tenía un detector de explosivos, las valijas que no sometidas a revisión, quedaban en espera hasta que su dueño subía a bordo. Era una precaución para que no fuese cargado en la bodega de un avión un equipaje con explosivos y sin dueño. Nadie pensaba entonces en un comando suicida. Cuando Atta subió al avión, su valija fue cargada en la bodega.
Las armas de los terroristas no eran explosivos. En los meses previos al ataque, Atta había comprado dos cuchillos o pequeñas navajas “Swiss Army” y una pinza multiuso marca Leatherman, que incluía un cortaplumas. En su último viaje a España, cuando informó a Al-Qaeda sobre sus planes, Atta había revelado que él y dos de los terroristas pilotos de su equipo, Ziad Jarrah, que abordaría el vuelo United 93, y Marwan al-Shehhi, que pilotearía el United 175, se las habían ingeniado para llevar a bordo dos “cutters” de los usados para cortar cajas de cartón. Nunca se pudo establecer si Atta y Omari cargaron con esas armas a bordo y, si lo hicieron, por qué no fueron detectados, o si esas dos armas estaban dentro de los límites que podían formar parte del equipaje de mano de un pasajero.
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A las seis cuarenta y cinco, el pequeño avión de Colgan llegó al aeropuerto de Logan, en Boston, y Atta y Omari pasaron sin problemas por el scanner de seguridad. A las siete y treinta y nueve subieron al vuelo 11 de American Airlines con destino a Los Ángeles, un destino que nunca iba a alcanzar. Se sentaron en los asientos 8D y 8G, los dos del medio en la distribución dos-dos-dos del Boeing. En primera clase, en las butacas 2A y 2B, ya estaban sentados los hermanos Wail y Waleed al Sheri: ambos al lado de la cabina de los pilotos: el avión no tenía fila 1. El quinto miembro de grupo, Satam al-Suqami, de Arabia Saudita, un “musculoso”, viajaba en la butaca 10B, sobre el pasillo y dos filas más atrás que Atta y Omari. El jefe del servicio de vuelo, Michael Woodward, cumplió con su rutina: dio la bienvenida a todos los pasajeros que volaban a Los Ángeles.
En el aeropuerto Dulles de Washington y en el aeropuerto Newark de New Jersey sucedió algo muy parecido. Los diecinueve terroristas suicidas ocuparon sus asientos y esperaron a que los aviones despegaran. El primero en hacerlo, a las ocho de la mañana, fue el American Airlines 11, con Mohammed Atta y sus cuatro “musculosos” a bordo. El último en despegar fue el United Airlines 93, que alzó vuelo a las ocho cuarenta y uno desde New Jersey.
Cinco minutos después de ese último despegue, a las ocho cuarenta y seis y treinta segundos, Atta estrelló el Boeing de American contra la Torre Norte del World Trade Center.
Y todo cambió para siempre.

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